Un nuevo renacer
es turbulento. El terreno sólido cede, se agrieta el piso que antes
era firme y surge de las aguas nueva tierra. Carece de todo sentido
aferrarse al viejo mundo, ya no es un lugar para habitar, morirías
ahogado. Es necesario partir a la nueva tierra. Se destrozan las
formas y las ideas, se desfiguran de manera tétrica. El sol cambia
su naciente porque cambia el eje, y por esto es que ya no amanece más
ahí donde salían los primeros rayos de luz al comenzar los días.
No hay
intenciones que escapen a los desastres naturales, todo cede y nada
permanece. Las elecciones y decisiones son inherentes a la
conciencia, y es inevitable que cursen direcciones opuestas entre
nosotros. Las lastimaduras son inevitables, son las marcas de cada
viaje de incontables voluntades. Nada salva del dolor, pero el dolor
no es tan malo como se siente. Gracias a este sentimiento las cosas
cambian, fluyen, se construyen a medida que avanza la rueda de
destrucción.
¡Cuántas veces
intenté empatizar y convertirme en el otro para compartir y servir,
llegando a lastimar de forma increíble! Las profundidades del ser a
menudo son indomables y compartir este plano tan propio puede
destruír cualquier cosa con un minúsculo movimiento en falso. Las
profundidades y las alturas son inmensamente reactivas ¡No se deben
tomar a la ligera!
El dolor no es
para culpar ni arrepentirse. El dolor es para avanzar, es una ola a
la que hay que seguirle el ritmo, empuja hacia adelante o ahoga a su
paso. Es mucho el dolor que se genera, de un origen cristalino o un
origen turbio, da lo mismo, siempre duele, siempre empuja o ahoga. El
dolor se acepta, el dolor es un latido de vida, no existe movimiento
sin dolor.
No quería
fallarle a nadie. Hoy no quiero fallarme. Hoy quiero acercarme a la
vida y entender mi dolor, el único maestro.