domingo, 8 de marzo de 2015

Maestro

Un nuevo renacer es turbulento. El terreno sólido cede, se agrieta el piso que antes era firme y surge de las aguas nueva tierra. Carece de todo sentido aferrarse al viejo mundo, ya no es un lugar para habitar, morirías ahogado. Es necesario partir a la nueva tierra. Se destrozan las formas y las ideas, se desfiguran de manera tétrica. El sol cambia su naciente porque cambia el eje, y por esto es que ya no amanece más ahí donde salían los primeros rayos de luz al comenzar los días.

No hay intenciones que escapen a los desastres naturales, todo cede y nada permanece. Las elecciones y decisiones son inherentes a la conciencia, y es inevitable que cursen direcciones opuestas entre nosotros. Las lastimaduras son inevitables, son las marcas de cada viaje de incontables voluntades. Nada salva del dolor, pero el dolor no es tan malo como se siente. Gracias a este sentimiento las cosas cambian, fluyen, se construyen a medida que avanza la rueda de destrucción.

¡Cuántas veces intenté empatizar y convertirme en el otro para compartir y servir, llegando a lastimar de forma increíble! Las profundidades del ser a menudo son indomables y compartir este plano tan propio puede destruír cualquier cosa con un minúsculo movimiento en falso. Las profundidades y las alturas son inmensamente reactivas ¡No se deben tomar a la ligera!

El dolor no es para culpar ni arrepentirse. El dolor es para avanzar, es una ola a la que hay que seguirle el ritmo, empuja hacia adelante o ahoga a su paso. Es mucho el dolor que se genera, de un origen cristalino o un origen turbio, da lo mismo, siempre duele, siempre empuja o ahoga. El dolor se acepta, el dolor es un latido de vida, no existe movimiento sin dolor.


No quería fallarle a nadie. Hoy no quiero fallarme. Hoy quiero acercarme a la vida y entender mi dolor, el único maestro.

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