Estaba yo sentado al borde de un arroyo. Comía una manzana de un árbol, uno que había cruzado hacía no más de una hora.
Me acerqué un poco más al arroyo, y tomé un poco de agua.
Me acerqué un poco más al arroyo, y tomé un poco de agua.
Me pareció extraño ver a cierto personaje, con otras ropas, otro aire, caminando junto con un vecino amigo, viniendo hacia a mí.
Este personaje se me presentó en una lengua extraña. Se que lo hizo porque mi amigo me hizo una traducción de sus palabras. También dijo algo que no pude entender con claridad hasta que entendí que no estaba haciendo ninguna broma. Dijo que desde ese día tenía que pagar las manzanas. Y si no lo hacía iba a tener que ser juzgado y apresado. Lo que sí podía hacer era plantar mi propio manzano. Pero no en cualquier lugar, porque la tierra también iba a tener precio desde ese mismo día. Si plantaba un árbol en cualquier lugar, iba a estar violando leyes, y ése árbol no sería mío, ni sus manzanas.
Me aclaró que lo mismo iba a pasar con el agua limpia. Es decir, hay otros arroyos que se estuvieron enturbiando en estos últimos tiempos, por eso es que había tomado del que tenía en frente mío, y que esos arroyos podían ser bebidos, utilizados. Pero éste, el cual estaba limpio, no era mío y no iba a poder tomar de él.
Bueno en realidad si lo iba a poder hacer, pero claro, tenía que pagarlo, igual que con la manzana, o la tierra que quería usar.
Yo estaba un poco aturdido, y lo primero que me salió fue preguntar de qué forma podía yo pagarlo.
Este señor me ofreció un trabajo. Me ofreció recolectar manzanas, buscar arroyos, plantar árboles para él, y a cambio me iba a dar unas monedas.
Yo con esas monedas podía adquirir manzanas, agua, o arrendar un terreno.
Entendí, si es que lo hice, que todo esto lo iba a adquirir de este mismo señor. A él le tenía que pagar. Por lo cual pregunté por qué no tomaba yo las manzanas o lo que fuese en lugar de unas monedas para luego cambiarlas.
Me respondió que si me daba manzanas, yo no podría ahorrarlas, y no podría luego comprar otras cosas a alguien más, cosas como paquetes de paseos al arroyo.
Ya en este punto estuve un poco confundido, confusión que ayudó a que no pudiera pensar mucho en la tabla de precios que me estaba proponiendo este amable señor. Entre otras cosas, si cambiaba mi costumbre de comer una manzana por día a dos, iba a tener la segunda manzana a la mitad de precio. Sonaba confuso y beneficioso, una mezcla extraña que tampoco pude meditarla demasiado porque mi amigo, ese que toda la vida tomo agua conmigo, le compartí una manzana de vez en cuando, que me invitó alguna vez a descansar donde el acostumbraba a descansar, se horrorizó.
Estaba indignado. Se escandalizó porque dos manzanas por día era echar a perder los recursos, era desperdiciar alimentos, y luego ¿Qué? ¿Iba a suceder lo mismo con el agua?
El señor parecía tenerlo todo claro, porque de inmediato dio una respuesta que tranquilizó a mi amigo.
Dijo que no se preocupe, que él iba a modificar la tabla de costos para equilibrar el uso abusivo, y así se evitaría desvalorizar los recursos tan preciados.
Fue así que la manzana costó más de lo que podía pagar con mi trabajo, por lo que tuve que trabajar más. Fue así como me sentí mal por no pagar las manzanas, culpa por no merecer mi alimento sin laborar lo suficiente. Fue así como mi amigo me miraba mal cuando intentaba entender por qué tenía que pagar por las manzanas, o por qué estaban tan sobrevaloradas respecto al valor natural que surgía de mi relación entre mi labor diaria y mi alimentación de antaño.
Me aclaró que lo mismo iba a pasar con el agua limpia. Es decir, hay otros arroyos que se estuvieron enturbiando en estos últimos tiempos, por eso es que había tomado del que tenía en frente mío, y que esos arroyos podían ser bebidos, utilizados. Pero éste, el cual estaba limpio, no era mío y no iba a poder tomar de él.
Bueno en realidad si lo iba a poder hacer, pero claro, tenía que pagarlo, igual que con la manzana, o la tierra que quería usar.
Yo estaba un poco aturdido, y lo primero que me salió fue preguntar de qué forma podía yo pagarlo.
Este señor me ofreció un trabajo. Me ofreció recolectar manzanas, buscar arroyos, plantar árboles para él, y a cambio me iba a dar unas monedas.
Yo con esas monedas podía adquirir manzanas, agua, o arrendar un terreno.
Entendí, si es que lo hice, que todo esto lo iba a adquirir de este mismo señor. A él le tenía que pagar. Por lo cual pregunté por qué no tomaba yo las manzanas o lo que fuese en lugar de unas monedas para luego cambiarlas.
Me respondió que si me daba manzanas, yo no podría ahorrarlas, y no podría luego comprar otras cosas a alguien más, cosas como paquetes de paseos al arroyo.
Ya en este punto estuve un poco confundido, confusión que ayudó a que no pudiera pensar mucho en la tabla de precios que me estaba proponiendo este amable señor. Entre otras cosas, si cambiaba mi costumbre de comer una manzana por día a dos, iba a tener la segunda manzana a la mitad de precio. Sonaba confuso y beneficioso, una mezcla extraña que tampoco pude meditarla demasiado porque mi amigo, ese que toda la vida tomo agua conmigo, le compartí una manzana de vez en cuando, que me invitó alguna vez a descansar donde el acostumbraba a descansar, se horrorizó.
Estaba indignado. Se escandalizó porque dos manzanas por día era echar a perder los recursos, era desperdiciar alimentos, y luego ¿Qué? ¿Iba a suceder lo mismo con el agua?
El señor parecía tenerlo todo claro, porque de inmediato dio una respuesta que tranquilizó a mi amigo.
Dijo que no se preocupe, que él iba a modificar la tabla de costos para equilibrar el uso abusivo, y así se evitaría desvalorizar los recursos tan preciados.
Fue así que la manzana costó más de lo que podía pagar con mi trabajo, por lo que tuve que trabajar más. Fue así como me sentí mal por no pagar las manzanas, culpa por no merecer mi alimento sin laborar lo suficiente. Fue así como mi amigo me miraba mal cuando intentaba entender por qué tenía que pagar por las manzanas, o por qué estaban tan sobrevaloradas respecto al valor natural que surgía de mi relación entre mi labor diaria y mi alimentación de antaño.
No hay comentarios:
Publicar un comentario